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Nancy Morejón
Elegía

 

A la memoria de Neyda Ulacia, Chiquitica


I.

Como una fuente, Chiquitica
multiplicaba los peces y los panes.

Como una oruga,
se movía entre las telas
creando un camino invisible
hacia las aguas de la felicidad.

Era la misma Chiquitica
asomada a su puerta,
ella misma una oruga silente,
independiente,
en su república de oruga letal.

Un surtidor de plumas
era su voz aguda
sobre los tejados asombrados del día.

La plancha en el pulmón,
Chiquitica radiante
ofreciendo el asiento preciso
a los paseantes:
un asiento nunca vacío.

Los ríos de Cárdenas navegan
en la palma de su mano
y en la noche hay un cangrejo moro
y una luna muy blanca
en cuya punta baja está pescando un güije,
en cuya punta alta toca La China su guitarra.


II.

Tuve a La China dormida
anhelando su partir.
Tuve tu aliento y tu mano
como espadas sin pulir.

Yo que no sabía mirar
ni atinar hacia el espacio
cuando La China murió
te tuve siempre a mi lado.

Relámpagos y lloviznas
quisieron cerrar el paso
de tu bondad soberana
de tu nobleza callada.

Hoy que no tengo pasado
ni luna, ni luz, ni nada
sino el hálito dormido
de tu cabeza trenzada

pienso en ti todos los días
trayéndome calabazas
y ensaladas y melazas
bendiciendo la alegría.

Quiere la vida esta ausencia
sembrada entre siemprevivas,
quiere la vida que estés
como entre flores dormida.


III.

Andabas en las tardes
con una canción breve
apenas conocida.

Los lagartos lloraban
ahogados por la lluvia.

Entre coplas y dianas:
un gavilán perdido.
Entre dianas y coplas:
la lengua de la iguana.

Oruga de la calle Manrique,
en tu fragancia santa
de lavanda y pirey,

andabas, muy cerca de las nubes,
con tabaco torcido
en la mañana quieta
de los pregones.

Peinada por los vientos, en cambio,
alisas tú el cabello de las negras sentadas
sobre ruecas dolientes
quemando siempre el alma.

El arco del pulmón
sobre la plancha hirviente.

La plancha de carbón
sobre el pulmón.

Peinada por los vientos,
frente a tu areca de carbones silvestres,
late el quehacer de tus íramos reales
en su verdor de alfombra y leche,
en su canción de cuna.

Maga de los fogones apagados,
maga de los fogones encendidos,
horcón de barbacoas
tan sólo iluminadas por la luz de tu ser.
Pones flores sobre los jarros y el mantel
y tus palabras vienen de algún barco remoto,
bogando todavía frente a las costas fijas.

Ágil y tensa flecha
volando entre las cuadras,
volando hacia su arco.
Mujer negra que apenas
puedo nombrarte,
abuela mía de ébano,
abuela nuestra y única,
habanera silente de la melancolía,
sentada, presurosa,
avispada y altiva,
frente a la jaula fría de los lagartos.

El pulmón de los arcos
sobre la espuma y el balcón.

En las tinieblas negras de la noche
vino Compay Segundo y vino Tejedor,
vino mi abuela Ángela
con su voz encantada
y Chicho Ibáñez y María Teresa.
Vino también la hija de Ángela
y el marinero de sus sueños
que llamaban Felipe, el de los muelles
de la Luisiana y Pensacola y Regla.
Vino Joseíto el Mago, vino la Reina
y hasta vinieron Julia y Luisito Bequé.
Ahí viene Nélida con Delia,
viene Candito Ruiz y viene Vilma Valle,
vino Lázaro Herrera, con su trompeta príncipe,
vino Guillermo Taylor, el mayor,
y vino el mundo de los fantasmas colorados.

Nadie la vio llorar
aunque lloraba.
Nadie la oyó gemir
aunque gemía.

Negra pulida como el diamante duro
del río Níger.

Tú andabas en las tardes
con una canción breve
apenas conocida.

Negra de piel sin par,
ha llegado por fin el tiempo de la iguana.

Aus: Carbones silvestres, 1993. Wilde Kohlen, 2010

Nancy Morejón    20.04.2008      Druckansicht  Zur Druckansicht - Schwarzweiß-Ansicht     Seite empfehlen  empfehlen
 

 

 
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